Queridos amigos.
Nunca pensé que una desastre pudiera ser de la magnitud de la que vive, y en la que muere, Haití: decenas de miles de muertos, quizá cien mil, quizá más; un cuarto de millón de heridos muchos de los cuales morirán por falta de atención médica y millones de damnificados sin destino ni esperanza. Un cataclismo que fue golpe de la naturaleza de un minuto al que seguirá otro cataclismo, el de su miseria crónica, porque a la atención, como sucede en estos casos, es inmediata, sí, pero poco a poco, el olvido del mundo los abandona a su suerte, dejándolos hundidos en su desgracia.
He seguido, conmovido, las escenas, he escuchado las crónicas y los testimonios de los sobrevivientes y estoy como los haitianos, sin poder entender qué pasó y cuál es su destino, si es que tienen alguno.
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